
El problema de la moral
Opinión de
La presidenta Sheinbaum ha estado afrontando situaciones muy difíciles durante las últimas semanas, que han desafiado y puesto en entredicho la supuesta superioridad moral del movimiento que encabeza y aun de su propia investidura. No me refiero solo a sus reacciones frente a la ofensiva del presidente Trump (que merecen un comentario aparte), sino a los escándalos que han poblado la prensa en estos días y al lugar que ha elegido nuestra presidenta para lidiar con ellos.
El caso de Cuauhtémoc Blanco es emblemático. A todas luces, los dirigentes de Morena se equivocaron de palmo a palmo. No es que el exgobernador haya afrontado la acusación por intento de violación después de haber acreditado una trayectoria ética impecable, sino que esa acusación vino como una suerte de colofón tras una larga lista de despropósitos acumulados durante su pésimo gobierno en el estado de Morelos. De hecho, ya su sola postulación como candidato a diputado era moralmente indefendible. Pero este cierre de filas para evitar su desafuero, ordenado quizás desde Palenque, fue el colmo.
La presidenta pudo haber intervenido en sentido opuesto, pero optó por anularse a sí misma: es cosa del Congreso, dijo. Pero también añadió dos cosas más: que la acusación de acoso sexual con tentativa de violación carecía de validez moral, porque había sido presentada por un fiscal corrupto y defensor de feminicidas. Un argumento que, de seguirse hasta sus últimas consecuencias, significaría que la validez de un delito no depende del delito mismo, sino de la autoridad moral del fiscal que lo investiga. Lo que la presunta víctima haya padecido importa poco; lo que vale es la opinión de la presidenta sobre el fiscal que recibió el caso. Si ese criterio se extendiera a todos los fiscales que tenemos, casi ningún delito podría ser denunciado.
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